domingo, 19 de julio de 2015

Relato I. La despedida

¡Hola lectores!

Como lo prometido es deuda, hoy os traigo el relato que os prometí aunque no es exactamente lo que iba a hacer en un principio. Al final serán tres relatos sobre la misma historia y este es la primera parte. En general si que he respetado algunas de las premisas: está ambientado en el pasado, es realista (al menos este jeje) y los protagonistas son una mujer mayor y un hombre más joven, así que creo que no he hecho demasiadas trampas. 

No os entretengo más. Espero que lo disfrutéis y por favor, dejadme abajo vuestros comentarios.




La Hermandad de San Miguel Arcángel
Parte I. La despedida


Sevilla, 6 de febrero de 1481.

Por la salvación de mi alma dejo escrito en estas mis memorias, reconociendo ante Dios y ante los hombres que yo, Fray Alberto de Mena, estoy decidido a manchar mis manos con sangre y pecar de manera consciente en aras de llevar a cabo mi gloriosa venganza. Solo pido a Dios que castigue mi falta como merece, pues justo es que quien a hierro mate, a hierro muera. Qué Dios misericordioso me perdone por lo que haré una vez cumpla mi cometido.
Al alba se celebrará aquí, en la hermosa Sevilla, el primer juicio celebrado por la sagrada Inquisición, auto de fe es llamado por nuestros monarcas, con la intención de liberar a la cristiandad de la escoria judaizante que la acecha. El celo con que Fray Alonso de Ojeda ha luchado contra los herejes de nuestra fe es encomiable y esta noche siete de ellos sufrirán las consecuencias de pecar contra nuestro Señor y Salvador, de deshonrar su nombre, de manchar el nombre de  Dios con sus negros corazones.
No he de engañarme a mí mismo, para mí todo será distinto. La gloria de  nuestro fervor hacia Cristo se verá empañada por otra necesidad más apremiante, pues se que no apartaré mi vista de la llameante pira en la que morirá hasta que hasta su último hueso quede reducido a ceniz...

Toc, toc, toc
  –  ¿Quién osa interrumpirme? —exclamó Fray Alberto con ira tras escuchar unos leves golpes en la puerta de su celda.
         El dominico levantó la cabeza para observar la pared. La gélida piedra gris lo inundaba todo, techo, paredes, suelo e incluso el ánimo del propio fraile. Este retiró la pluma cargada de tinta con mucho cuidado de no estropear su escrito. Odiaba que lo molestasen cuando trabajaba en sus memorias.
            Dejó la pluma en el viejo tintero que lo acompañaba desde su infancia y se levantó sin prisa, reprimiendo un escalofrío. Tomó la palmatoria dónde oscilaba la temblorosa vela que lo iluminaba y observó a su alrededor. Su habitación estaba helada pues en la pequeña chimenea que se intuía en la penumbra, al lado del lecho, hacía varias horas que se habían consumido las llamas. Su catre era pequeño, estrecho y solo una pequeña manta le servía para calentar su cuerpo en las frías noches del invierno sevillano. A los pies de este un pequeño baúl con más útiles de escritura y una Biblia, heredada de su padre, consistían en sus únicas y preciadas posesiones. Su orden pedía voto de pobreza, pero Fray Alberto era más estricto que la mayoría. 

             Toc, toc, toc.

            Irritado ante la insistencia, Fray Alberto se acercó hasta la puerta y con un violento tirón, la abrió de golpe. Ante él apareció un hombre de edad indefinida, vestido con las ropas del servicio personal del prior. Este le tendía un pliego de papel sin mirarle directamente a los ojos, en actitud reverencial. Fray Alberto no pudo evitar una sonrisa maliciosa. Aquel sirviente probablemente sería unos veinte años mayor que él y aún así le debía obediencia absoluta. Fray Alberto sabía que era demasiado joven para la influencia que ejercía dentro de su orden ya que apenas contaba con veintiocho años, pero aquel poder no era flor de un día. Solo años de dedicación constante le habían conseguido alcanzar una posición de confianza junto al prior, y ahora pensaba recoger los frutos. 

             Era su momento. 

         Una vez alcanzada su venganza se retiraría a un monasterio del norte, quizás volviera a su Estella natal, y dedicaría su vida por completo a Dios para expiar sus pecados. Fray Alberto tomó el pliego de papel con cuidado y lo desdobló.

La prisionera necesita confesión.

            No había nada más escrito en la hoja, ni un nombre, ni una firma, ninguna otra indicación que satisficiera su curiosidad. El monje dudó, no era algo común recibir una misiva sin que su remitente se identificara.

– ¿Quién te ha dado esta nota? 

             El hombre dudó unos instantes, apenas alzando la vista unos segundos.

– ¡Respóndeme! —bramó Fray Alberto.
– No... no lo sé, señor. Perdonadme. Tan solo pude ver su perfil... Se escondía bajo la capucha de su capa, oculto entre las sombras. Pero fue muy persuasivo y...

            El siervo no pudo seguir hablando. Se le quebró la voz entre azorados sollozos y Fray Alberto supuso que lo habían amenazado de alguna manera. No parecía golpeado, pero él sabía por experiencia propia que existían diferentes maneras de torturar a un hombre sin dejar marcas.

¿La has leído? —le preguntó sosteniendo el papel frente a sus ojos.
– No, señor. No podría aunque quisiera. No sé leer.
– Bien —contestó el monje—. Puedes retirarte. Vete.

            El hombre realizó una ligera reverencia apresurada y se marchó todo lo rápido que pudo sin terminar de echar a correr. Fray Alberto volvió a leer la nota. La dobló escondiéndola entre los pliegues de su túnica blanca y negra de dominico y suspiró. La recepción de aquella nota había sido muy inusual, pero era perfectamente consciente de a quien le instaban a confesar. Era esa la mujer que le había quitado el sueño desde que cumplió los ocho años. La mujer que quería ver muerta con toda la intensidad de su alma. 

              La mujer que había asesinado a su padre.

          Fray Alberto cerró la puerta de su habitación y recorrió el angosto pasillo con cuidado. Se había trasladado junto con el resto del tribunal inquisitorial hasta el Castillo de San Jorge y por eso no conocía demasiado bien el recorrido que debía hacer hasta llegar a las mazmorras. Aún así, alentado por ideas ansiosas y delirantes, apenas tardó unos minutos en llegar a su destino. La entrada a las mazmorras estaba custodiada por una pareja de soldados que luchaban, en vano, por no quedarse dormidos. Aún faltaban unas tres horas para el amanecer, según los cálculos del dominico, así que tendría tiempo de hablar con la prisionera y volver a su celda para terminar su escrito.

– ¿Quién va? —preguntó uno de los soldados al escuchar presurosos pasos presurosos. El fraile dobló la esquina de inmediato y los soldados de relajaron.
– Vengo a confesar a los prisioneros —informó Fray Alberto. 

            Los soldados se miraron sorprendidos. Nadie les había informado de tan inusual hora de confesión, pero el gesto de fría determinación de Fray Alberto despejó sus dudas. Lo habían visto junto al prior de la orden muchas veces, así que no dudaban de su autoridad. Sin mediar palabra le dejaron pasar y Fray Alberto encaró el pasillo de las mazmorras con el estómago encogido, seguido de cerca por uno de los guardias. Nunca había estado a solas con aquella bruja, pero en el fondo de su alma lo deseaba. Quería hablar con ella y mirarle directamente a los ojos, a esos ojos de gato que cada noche se le aparecían en sus más aterradoras pesadillas. Aunque lo que en realidad quería era matarla con sus propias manos.

– Aquí es —dijo Fray Alberto lacónico, deteniéndose frente a la celda de la mujer. El soldado lo miró, sorprendido quizás porque el monje comenzase sus confesiones por la única mujer que descansaba en una de las celdas más alejadas. O quizás no, acostumbrado a todo tipo de comportamientos depravados. Sea lo que fuere el fugaz pensamiento que cruzó la mente del soldado este no dejó mostrar ninguna emoción al respecto.
– Llámeme cuando quiera salir —dijo el soldado abriendo la reja con sumo cuidado. Aún así la puerta de hierro gimió al abrirse con un profundo chirrido de agonía que debió de despertar —y aterrar— a la mayoría de los cautivos.

            Fray Alberto dio un paso al frente y alzó su palmatoria. Agazapada en una de las esquinas de la celda estaba la mujer que lo atormentaba. Fue en aquel momento cuando el segundo soldado llegó cargado con una banqueta para el sacerdote. Sin mediar palabra la colocó en mitad de la celda y salió junto a su compañero quien dio dos vueltas de seguridad a la cerradura antes de volver a su puesto. 

            El dominico se tomó su tiempo para observar a la mujer. Tendría treinta y cinco o cuarenta años, pero aún era hermosa. Muy hermosa. Con una belleza salvaje que lo fascinaba, a pesar de los moratones y los coágulos de sangre seca que manchaban parte de su cabello. Su piel aceitunada se encontraba tiznada y su cuerpo esculpido aún se revelaba sinuoso bajo la túnica de arpillera que vestía. Pero eso no importaba, pues parecía que no habían pasado los años por ella. 

            Fray Alberto cerró los ojos. Aún la recordaba exactamente como la primera vez que la vio, veinte años atrás. En aquella época él era un infante de apenas ocho años y correteaba, inocente, por los pasillos de su palacio familiar. Podía rememorar de manera precisa como ese día había dado esquinazo a su perceptor después de sus lecciones para perderse en dirección a los aposentos de su padre. A esas horas de la noche este solía despachar en el piso superior, así que allí dirigió sus pasos.
Cuando llegó hasta allí comprobó con asombro que la puerta estaba cerrada, pero sin llave, así que rescató una llave oculta bajo una losa y abrió con mucho cuidado para no molestar. Entonces fue cuando la vio, salvaje y bella. 

            Ella se encontraba completamente desnuda, cabalgando sin freno sobre un extraño hombre enmascarado que yacía sobre una mesa. A varios pasos de distancia, su padre observaba la escena en éxtasis. Alberto era el más pequeño de sus hermanos y muy joven, pero sabía que algo estaba mal en aquella escena. Lo observó todo, los frenéticos movimientos de los amantes y aún más, pues su curiosidad infantil le hizo fijarse en las extrañas estrellas de cinco puntas pintadas en el suelo y la pared y las numerosas velas negras encendidas. De inmediato supo que aquello era obra del diablo y sintió miedo.

            A pesar de eso no pudo marcharse. Algo más fuerte que el terror lo retenía allí. Entonces fue cuando ella lo miró, directamente a los ojos. Lo miró fijamente sin dejar de moverse y sonrió, invitándolo con una mano, atrayéndolo hacia ella. Fue en aquel momento cuando su padre se percató de su presencia y le gritó que se marchara. Su padre estaba asustado y él también, así que corrió, se alejó de allí al mismo tiempo que de sus ojos brotaba un mar de lágrimas saladas. 

            Dos semanas después su padre murió asesinado en extrañas circunstancias y el, desde entonces, soñaría cada noche con esos ojos gatunos, tan verdes como la profundidad del mar, con una línea amarilla que los cruzaba. Esos ojos que lo taladraban atravesándole el alma.

            La prisionera levantó la mirada y lo observó. Un chispazo de reconocimiento cruzó sus ojos y Fray Alberto tuvo que desviar la mirada y sentarse en la banqueta. La mujer se arrastró a gatas por el suelo, sinuosa, hasta situarse frente al fraile. Con desgana, se dejó caer hacia un lado para sentarse. Se sujetó las rodillas con los brazos y escondió medio rostro entre ellos.  Parecía una actitud defensiva, pero en realidad estaba expectante.

– Le esperaba, Fray Alberto. Ha tardado más de lo que suponía en venir a verme, pero al fin volvemos a encontrarnos.
– He venido a confesarte, Judith —dijo Fray Alberto, carraspeando, sorprendido por la iniciativa de la mujer—. Incluso un alma maligna como la tuya merece recibir el sacramento de la confesión. Vengo a ofrecértelo, aunque no por instancia mía.
– ¿Y tú quién crees que eres? —la mujer escupió cada palabra—. ¿Realmente crees, confías, en que voy a confesar mis pecados contigo? —se rió pasando a tutearle, incorporándose para hablarle más de cerca—. No mientas más. Sé que quieres verme muerta, y por lo visto lo vas a conseguir —dijo enfatizando esa última palabra—, así que seamos honestos y haz lo que hayas venido a hacer aquí. Estoy donde estoy, y tu eres quien eres, vamos, diviértete conmigo que es lo que estás deseando —estas últimas palabras las dijo tumbándose hacia atrás y abriendo un poco las piernas, invitándolo a humillarla.
– ¡Por todos los santos! ¡Mala bruja, no me tientes con tu carne! —exclamó Fray Alberto iracundo—. No vengo a forzarte ni a torturarte, ni siquiera vengo a matarte por mi propia mano —suspiró—. Aunque ese sí sea mi deseo. No es ese el motivo que me trae aquí, me has hecho llamar, así que vengo dispuesto a obtener respuestas.
– Ahora sí que me pareces más sincero —dijo Judith incorporándose hasta casi tocar las rodillas del fraile. En sus ojos brillaba una luz desquiciante—. Pero yo no te he hecho llamar, aunque puedo suponer quien ha lo ha hecho por mí. Es el mismo que quiere ver a tu alma perdida para siempre en el abismo del conocimiento. Pero aún así,  ¿realmente crees que te daré alguna respuesta sin que ejerzas alguna violencia contra mí?

            Fray Alberto no reaccionó ante la insinuación de que alguien quería perderle haciéndole ir a hablar con ella. Los dos llevaban mucho tiempo jugando al escondite y aquel era el momento en que pondrían las cartas sobre la mesa. No le iba a dejar que jugara con su mente y lo atormentara, no lo conseguiría. Fray Alberto notó como Judith se impacientaba por obtener una respuesta y se regodeó por ello.

– Si, lo creo.
– ¿Por qué, por todos los demonios debería contarte algo a ti?
– Porque quiero saber.
– No, realmente no sabes lo que quieres Fray Alberto. Deberías seguir refugiándote en Cristo y dejar la verdad para aquellos que osan conocerla —dijo Judith—. Pero yo voy a morir, así que no pierdo nada por dejar atrás otra alma más atormentada. Aún así, te daré otra oportunidad... ¿Estás seguro de que quieres saber?
– Lo estoy —dijo Fray Alberto.
– De acuerdo pues —dijo la mujer tapando su boca con un par de dedos—. Pregúntame.

            Por la mente de Fray Alberto cruzaron mil preguntas distintas y ninguna le pareció lo suficientemente cabal para comenzar su interrogatorio. No en vano, ¿qué es lo primero que se le pregunta a la asesina de tu padre? ¿Por qué? Como Alberto de Mena, cuarto hijo del Duque de Melarcos no quería razones sino nombres de personas a los que culpar y odiar, pero el corazón de fraile que se había formado en su pecho después de tantos años de evangelización y predica sí que necesitaba hacer esas preguntas. Aunque temiese las respuestas.

– ¿Por qué? — preguntó Fray Alberto. La pregunta casi se le escapó como un suspiro, dejando su lado más frágil al descubierto con un desgarro—. ¿Por qué mataste a mi padre?

         La prisionera lo miró a los ojos. Intentaba no mostrar ningún tipo de emoción pero un deje de sorpresa la delató.

– ¿Quieres decir que toda la persecución y el odio es fruto de que me creyeras la asesina de tu padre?

            Fray Alberto asintió de manera casi imperceptible, sintiéndose ridículo por un momento. Judith se echó a reír a carcajadas. Era una risa desquiciada, amarga y al mismo tiempo derrotada.

– Eres un estúpido —escupió Judith con sarcasmo.

          Fray Alberto había esperado cualquier reacción excepto que lo insultara de manera tan directa. Pero quería saber, así que decidió dejarlo pasar por el momento, aunque se acordaría de aquello a la mañana siguiente antes de que se dictara sentencia.

– Explícate —dijo en tono seco. Era evidente que la mujer esperaba un estallido de ira por su parte por lo que Fray Alberto se dio cuenta de que a pesar de su precaria situación jugaba con ventaja. El hombre frunció el ceño. Judith se incorporó colocando ambas manos en las rodillas del fraile, levantando su rostro hasta que frente a frente, tan cerca que solo distaban un milímetro el uno del otro.

– Yo no maté a tu padre.
– Mientes.
– No. No lo hago. Te lo repito. Yo no maté a tu padre.

            Fray Alberto reaccionó de manera instintiva. Se levantó de un salto de la precaria banqueta de madera y agarró a Judith del cuello con tanta fuerza que la levantó varios centímetros del suelo para estamparla contra la dura pared de piedra.

– No mientas —dijo el fraile con voz fría.

            Estaba claro que ella quería contarle algo más así que dejó que posara los pies en el suelo y aflojó su presa. Judith pudo volver a respirar e irrumpió en una tos profunda y ronca.

– Ya es la hora de que digas la verdad —la apremió el fraile—. Apenas queda una hora para el amanecer y vendrán a buscarte. ¿Realmente quieres morir y que lo último que pronuncien tus labios sea una mentira?

            Judith lo estudió con detenimiento, sintiendo como algo en su corazón se aflojaba.

– Te contaré todo lo que quieras saber —dijo esta—. Pero te pido algo a cambio. Prométeme que cuidarás de mi hija cuando yo muera.
– ¿Tu hija? ¿Por qué crees que haría algo así? —dijo el fraile, sorprendido ante tan insólita petición.
– Por qué tu sentido del honor sobrepasa a ese corazón de hierro que tienes. No eres el único con un pasado que le atormenta, fraile... ¿Quieres saber la verdad? Promete que cuidarás de Samara.

            Fray Alberto sintió una extraña sensación en su pecho. Samara, repitió. Ante su sorpresa sintió como algo dentro de él se removía. Como si ese nombre fuese el principio de algo completamente distinto. Confuso, soltó el cuello de Judith y la miró expectante.

– Prométemelo —le insistió Judith.

            Era un momento insólito y, de alguna forma, aterrador, pero Fray Alberto solo podía seguir los dictados de su conciencia. Y esta la decía que aceptase, que era su destino. Había algo que lo había ligado a aquella mujer, y que sin dudarlo lo ligaba a esa niña.
            Fray Alberto asintió de manera imperceptible, pero para Judith fue suficiente.

– Te lo contaré todo —dijo la mujer de los ojos de gato—. Debes de saber todo acerca de la Maldición de la Casa de Asera...
            Entonces, salida de la negrura que lo inundaba todo a su alrededor, una flecha disparada desde una ballesta atravesó limpiamente el corazón de Judith. Fray Alberto se volvió de manera instintiva hacia las rejas y pudo ver como un hombre encapuchado, envuelto en una túnica negra, bajaba el arma y echaba a andar de manera pausada hacia la salida de las mazmorras.

– ¡Guardias! ¡Guardias! ¡Aquí! —exclamó Fray Alberto.

            No escuchó ninguna respuesta a lo lejos, por lo que supuso que aquellos dos hombres también habían sido asesinados. Se volvió hacia Judith que yacía agonizante en el suelo. Se arrodilló a su lado, sintiendo una angustia inexplicable ante la posibilidad de que esos ojos mágicos se apagaran para siempre.

– No puedes morir ahora, debes contarme la verdad. ¿Qué quieres decir con una maldición? ¿Qué significa todo esto? —le preguntó Fray Alberto. Pero Judith apenas podía articular palabra.

– Debes buscar a Samara... —le susurró—. Samara... Vive en Granada ahora, búscala... Ella... —le interrumpió un acceso de tos en el que escupió sangre—. Si la proteges... ella podrá contarte... la...la... verd...

            Judith dejó de respirar y su rostro congestionado se relajó de inmediato, rodeándola de inmediato una intensa sensación de paz. Fray Alberto la miró durante varios minutos luchando en su interior contra las diversas pulsaciones de odio, amor y decepción que invadían su alma. Odiaba a esa mujer con toda la fuerza de sus convicciones, pero se había ganado un hueco en su vida y si quería seguir el camino del amor y de Cristo, con el tiempo debía aprender a amarla, perdonarla, de algún modo. Aunque aún no era ese momento, ni sabía cuándo llegaría. Fray Alberto dejó de luchar consigo mismo.
            Reunió toda la suavidad y delicadeza de la que fue capaz y cerrándole los ojos con todo el dolor de su alma, la dejó marchar.

– Ego te absolvo a peccatis tuis in nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti.


Sevilla, 15 marzo de 1481


            Retomo la escritura de mis memorias cuando aún mi alma se atormenta por las noches con los acontecimientos acaecidos un mes atrás, aunque ya no hay remedio que pueda aliviar mis males. La muerte es la última de todas las fronteras y una vez traspasada no queda más que el silencio y la paz que esta nos brinda.

            Ante el desconcierto de mi señor Prior y finalizando así una prometedora carrera eclesiástica, me retiro al norte tal y como estaba previsto, vuelvo a mi Estella natal para dedicarme a Dios en cuerpo y alma el resto de mi vida.

            Pero antes, deberé internarme en territorio infiel y encontrar a la muchacha conversa que juré proteger: Samara.
            Mi intención es que venga conmigo hasta Estella y allí proporcionarle una dote suficiente para que entre, de manera conveniente, de novicia en algún convento de la zona donde pueda mantenerla bajo mi custodia. Creo que eso bastará para acallar mi conciencia y cumplir mis promesas.

            Que Dios se apiade de mi alma atormentada.


Fray Alberto de Mena.

8 comentarios:

  1. Perdonad por el desajuste de los guiones, pero he tenido una dura pelea con el formato y ha ganado el.
    ¿Os ha gustado el relato?

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  2. Excelente el relato. Tiene historia y ficción, como a mí me gusta.

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    1. ¡Muchas gracias! Me alegra muchísimo que lo hayas disfrutado.
      Normalmente escribo fantasía de corte más juvenil, pero me ha gustado la experiencia así que creo que repetiré con la ficción histórica :)

      Un abrazo^^

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    2. Sería bueno que repitiera, porque lo hace de maravilla.

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    3. Gracias^^

      Dentro de poco subiré al blog la segunda parte de este relato, así que te animo a que te pases por aquí :)

      ¡Muchas gracias por tu comentario!

      Un abrazo^^

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  3. De lujo, ana. Supone un cambio bastante notable en tu estilo literario, pero lejos de afectar la obra, la enriquece. Espero el proximo relato, un saludo!!

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    1. Gracias,

      ¡Espero no tardar demasiado en subir el siguiente!

      Un abrazo^^

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  4. Me gusta.
    Me conecté con la historia.

    ***

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