martes, 27 de enero de 2015

¿Por qué NO colecciono cosas? El Minimalismo y yo



¡Hola lectores!

Hoy os voy a mostrar una pequeña parte de mi vida y a desnudar un poco mi alma delante de vosotros. Desde hace unos meses me considero una aprendiz de minimalista y os invito a leer esta entrada y comprender un poco más acerca de lo que esto significa en mi vida.



Se que hoy os traigo una entrada un tanto diferente ya que no voy a hablar de libros -o al menos no principalmente-. Hoy quiero hablaros de algo a lo que llevo un tiempo dando vueltas y aplicando en mi vida. Esto es el Minimalismo. Según la RAE, Minimalismo es una corriente artística que utiliza elementos mínimos y básicos en su arte, pero claro, desde hace unos años el mismo concepto va más allá y en la actualidad también se puede aplicar al movimiento social y cultural que aboga por una vida más simple, libre y consciente dentro de nuestro universo consumista occidental.




Hay muchos tipos de minimalismos, tantos como personas, pasando desde los más extremos (personas que han decidido vivir con 100 objetos personales o menos) hasta aquellos que, como yo, queremos ser más conscientes de nuestro paso por el mundo y minimizar nuestro impacto.

Pero dejadme que os explique desde el principio como he llegado a esto.

Desde pequeñita siempre he sido una persona ordenada. Mucho. Quizá llegó un momento que hasta demasiado y rocé un poco la obsesión. Gracias a Dios eso ha mejorado mucho y, aunque sigo siendo ordenada, la obsesión ha desaparecido casi. Creo.
Por esta razón pasaba mucho rato ordenando, clasificando, colocando y reorganizando mis posesiones en el espacio reducido de mi dormitorio. Desde niña he tenido muchos libros, a los que después en la adolescencia y primeros veintes añadí discos, películas y diversos objetos, regalos y claro, ropa.
Me costaba mucho trabajo tenerlo todo ordenado ya que para mí todo ha de tener un sitio -una de las claves del orden si eres desordenado es que si todo tiene un sitio es mucho más fácil que todo quede recogido más rápido- y claro, acumulando, acumulando y acumulando, pues al final te quedas sin sitio.
Años después cambiamos mi habitación y pusimos dos enormes armarios con mucho fondo por lo que pude seguir acumulando y que todo continuara ordenado. 

Aunque siempre tenía esa sensación de que aquello era demasiado, que no necesitaba la mayor parte de todo aquello. Pero por alguna extraña razón deshacerme de las cosas no era una opción. Las cosas se guardaban y punto.

Entonces me fui a la universidad y pasé muchos años inmersa en mis estudios, conviví con mis estupendas amigas de Granada (os quiero niñas) y con ellas aprendí a agobiarme menos con el orden. Fue en esta época cuando empecé a coleccionar manuales de la carrera, toneladas de apuntes, más ropa y más libros. 

De vuelta a Almería, seguí estudiando por lo que mis apuntes, libros de idiomas, y más libros, ropa y diversos objetos siguieron creciendo. Al mismo tiempo qué mi sensación de agobio. Por supuesto que yo no sabía a que se debía, hacía lo que me pedía la sociedad, ¿no? Compra esto y serás feliz, si vistes con ropa molona serás más feliz, si tienes este teléfono móvil serás más feliz, ¿no?



Pues no.


No. 


Pero yo en ese momento no lo sabía. No conocía ninguna otra opción.

Durante esos años mi conciencia ambiental creció más. Me di cuenta de que la sociedad de consumo tiene un coste en el planeta y que mis acciones, a pesar de ser una única persona, contaban. Empecé a preocuparme por el medio ambiente, a buscar información sobre los costes ecológicos de muchas cosas tan cotidianas como el combustible, el uso abusivo de electrodomésticos, el desperdicio de comida... en fin,  me di cuenta de que el propio sistema económico en su conjunto nos está dejando sin planeta y no hacemos nada para cambiarlo.

Nuestro sistema de comprar, tirar y volver a comprar está destruyendo nuestra casa.





 




Intenté cambios en mi vida. Decidí reciclar, generar menos residuos, comprar menos y usar menos el coche para rebajar mi impacto ambiental. Controlar el gasto de agua en casa o guardar las sobras de comida para la cena. Apagar los aparatos en Stand By o los interruptores de las regletas, reciclar las pilas, etc. 
Estas son acciones sencillas, y las apliqué a mi vida de inmediato. Lo sigo haciendo. Supongo que se podría hacer más, pero yo hago todo lo que sé. (Si tenéis otros trucos por favor dejádmelo en los comentarios abajo)

Por otro lado, desde los quince años tengo una niña apadrinada y, aunque consciente de su situación social y la de otros como ella en muchos países del mundo -la mayoría-, nunca me había parado a pensar en cómo mi vida les afectaba a ellos. ¿Cómo puede ser eso? Pues muy sencillo, verás, si yo puedo comprarme una camisa de 15 euros es porque en un país como China, India o Marruecos los trabajadores cobran una miseria por 12 o 14 horas (tirando por lo bajo) de trabajo intensivo en lugares insalubres y en condiciones infrahumanas. Mi camisa preciosa y barata puede costarle a un niño su infancia, normalmente son ellos los que cosen los ojales o los botones. 



¿Habéis pensado realmente en esto alguna vez?

Yo sí, no puedo evitarlo. Me siento culpable por apoyar económicamente a empresas que realizan estas prácticas. 

Así, con estas preguntas, me encontré de golpe con el Minimalismo.

Buscando al azar en Google me llegó una entrada de una blogger Vale de Oro que habla sobre el minimalismo y como ella lo aplica en su vida, además de otras cosas como productividad y demás. Me pareció tan sumamente interesante que comencé a buscar en la red toda la información al respecto en webs como: Be more with less, Becoming Minimalist, Zen habits, The Minimalists, Chocobuda, Homo Minumus o No quiero otro pijama. Estos últimos son en español. Sé que hay muchos más pero estos son los que más me han gustado hasta la fecha y que os recomiendo sin dudar.

El Minimalismo vino a abrir una puerta que nunca me había atrevido a cruzar. Deshacerme de cosas para después necesitar menos. Tener menos para disfrutar más.



Al principio me rebelé contra esa idea. Años y años de constante publicidad habían hecho su trabajo conmigo y la idea de la opulencia estaba fijada en mi como la idea de la felicidad. 
Ahora se me viene a la mente un refrán castizo que explica esto mejor que cualquier otra cosa: No es más rico el que más tiene sino el que menos necesita. Nosotros no necesitamos la mitad de las cosas que tenemos y si no, haz recuento de lo que realmente usas en tu día a día a lo largo de un mes.

Sin dudarlo, me lancé a probar esta teoría.

Decidí empezar a el reto Minimalista con la ropa. Al empezar a dar clases me vi comprando ropa distinta de la que normalmente llevaba, con menos escotes, pantalones menos pegados y faldas más largas -look profesora que se llama XD-  y claro, al cabo del tiempo me vi con muchas prendas y la mayoría llevaba años, sí, años, sin ponérmela. ¿Para qué quería yo tanta ropa? ¿En serio, para qué?
Por si acaso.
¿Por si acaso qué? Realmente no iba a ponerme nada de aquello y tu y yo lo sabemos. Me imagino que tu también haces lo mismo algunas veces, ¿me equivoco?


Me armé de valor y sin por si acasos que valgan, me volví loca y saqué de mi armario cuatro enormes bolsas llenas hasta los topes de ropa, la mayoría en perfectas condiciones y que llevaban años acumulando polvo en mi armario. Me fui directa a Caritas y allí se quedó, espero que siendo útil a muchas personas que las necesitaran más que yo.

Ya había hecho la primera parte del trabajo. Ahora venía la más difícil y era no volver a los mismo hábitos de antes y llenar de nuevo el armario, para lo cual me propuse un reto. No comprar más de 6 o 9 prendas de ropa al año, y eso incluye todo menos ropa interior. Cuando me pasara de las 132 prendas si entraba algo nuevo tendría que salir algo viejo de manera inequívoca. (Esta es mi versión del proyecto Minimalista 333, que consiste en solo vestir 33 prendas durante 3 meses. Me pareció poco práctico y multiplicando 33 por 4 estaciones, sale un total de 132, más que suficiente para el año. Yo no llego a esa cifra y tengo un armario lleno, pero sin aogobios).
Por supuesto, al comprar tan solo lo que realmente necesitas puedes permitirte gastar un poco más y comprar prendas hechas en España o en países que respetan los derechos humanos. Además de que suelen ser de mejor calidad y duran más.

Contentísima con el cambio, me lancé a hacer lo mismo con el resto de mis objetos. No tuve problemas de reducir mis posesiones a aquellas cosas que realmente necesito. Si no se ha usado en un año, fuera. Se dona, y si está roto, se recicla. Fuera.



Una vez terminé me sentí la persona más libre de este mundo. Esa sensación de libertad es impagable, de verdad, y por fin entendí aquello de que "cuantas más cosas poseas, más te poseen ellas a ti". Todo tiene sentido y por supuesto, esto es sólo el principio pues aún poseo muchas más cosas de las que necesito, pero ahora el proceso será lento, meticuloso, más profundo.

Pero os tengo que confesar algo, dónde más me costó eliminar el lastre fue con los libros. Yo tenía una colección de unos 300 o 400 libros, más o menos. Aún poseo una extensa colección, entre los que incluyo los manuales de la carrera y de las oposiciones, además de que mis padres guardan mi colección favorita de libros de pequeña (unos 20 más) para cuando tenga hijos y algunos otros, biografías o manuales de historia que no me han gustado, que aún están en casa y quiero donar a la biblioteca. 
Me quedé únicamente con aquellos libros que sé que voy a volver a leer una y otra vez, y concedí la libertad a aquellos que tan solo criaban polvo en mis estanterías. Si algún día quisiera leer alguno de ellos siempre puedo ir a la biblioteca y sacarlo, pues allí están para el disfrute del máximo de personas.
Desde hace unos seis meses me considero minimalista, y no añado a mi vida nada que realmente no necesite. Muchos pensaréis, claro, pero es que yo a lo largo de un mes puedo querer o necesitar de entre a 20 o 30 cosas diferentes, seguiré acumulando cosas y más cosas igual que antes.
¿Cómo evito esto? Pues muy sencillo. Haz una lista de cosas que crees que quieres comprar. Si ese objeto que apuntaste hace un mes sigues queriéndolo, adelante, es una necesidad. Pero si ya ni te acordabas, aunque te vuelva el deseo al recordarlo, sabes que es un capricho innecesario. En lugar de eso, coge tu dinero y vete con tus amigos o familia a cenar por ahí, atesora ese recuerdo.

Ser consecuente con el planeta no sacia nuestros deseos inmediatos, pero créeme, te adaptarás más rápido de lo que crees y sentirás una paz y una tranquilidad inauditas. De verdad que sí, no conozco a nadie que haya comenzado este camino y no se sienta mejor consigo mismo.

Y tú, ¿has pensado en esto alguna vez?


Si te ha gustado y quieres que escriba sobre cosas del estilo no dudes en dejármelo abajo en los comentarios. Quiero saber tu opinión.

¡Un abrazo!
Ana.

4 comentarios:

  1. Hola!!
    Muy muy buena entrada :O
    Si te digo la de cosas que colecciono.... Pero no me gasto mucho dinero ya que me lo regalan, pero no tengo cantidades ingentes de cosas.
    Mecheros, postales, libros antiguos, chapas...

    Me ha encantado tu blog ^^ Me quedo por aqui!!
    Un saludo

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  2. ¡Gracias!
    Me alegra que la entrada te haya gustado :)

    ¡Un abrazo!

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  3. Llevo algunos meses pensando en esto como en una necesidad absoluta porque siento que mi casa se ha convertido en un caos (y la ordeno compulsivamente), cuando realmente lo que necesito es deshacerme de cosas que no uso, ni miro, ni se que están desde hace años. Hoy he vaciado el armario, aunque creo que no he sido suficientemente sincera y mañana le daré otra vuelta. Esto es solo el principio.
    Leerlo en ti me ha hecho darme cuenta de que estaba en lo cierto, pero en voz alta suena diferente.
    Muchas gracias por esta entrada.

    Virginia

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    Respuestas
    1. Gracias a ti por leerla. Mucho ánimo con tu limpieza, ¡Es el primer paso para sentirte más "ligera"!

      Un abrazo^^

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